Hay una hora, en invierno, en que Playa Grande deja de ser una playa y es otra cosa que todavía no tiene nombre.
El mar sigue ahí, gris, ocupado en lo suyo. Pero la arena seca se vuelve un territorio hostil, el viento la empuja en ráfagas bajas que te lastiman los tobillos, y uno se refugia en las rocas para no ser pulido pero sin querer perder el dominio del paisaje.
Yo estoy en la mía, la de siempre, con el termo entre las piernas y el mate que se enfría más rápido que de costumbre. El sol está, técnicamente. Se le ve la forma detrás de una nube fina, un sol medio famélico, pero que ahí está.
La señora de las migas llegó conmigo. Tiene su rutina, sus gorriones, aunque ella desearía que fueran gaviotas, su bolsita de nylon con pan robado del restaurante. Los pájaros se acumulan a sus pies y ella les habla bajito, cosas que el viento no me deja escuchar, y no importa, porque seguro son las mismas cosas de siempre: "este es más gordito", "dejá un poco para los demás". Un poco más allá, un hombre le tira un frisbee a un perro que no termina de entender la física del viento marplatense: corre para donde el disco debería caer y el disco cae para otro lado, y el hombre se ríe solo, y el perro vuelve trotando con el orgullo intacto de no haber entendido nada.
Arriba, en el borde del acantilado, la bandera en el mástil que está en la rotonda del Jockey Club flamea como si el viento fuera personal con ella. Dura, estirada, un poco harta de los tironeos.
Yo pienso que esto, las migas, el perro, la bandera, mi mate que ya no calienta, no significa nada. Y me gusta que no signifique nada. Hay días en que uno necesita eso: un rato sin metáfora, sin que el mundo le esté explicando algo. Un rato de puro paisaje. Mar del Plata.
Entonces sale del agua un tipo con tabla y traje de neoprene, y rompe el pacto.
Camina hacia las rocas escurriendo, la cara roja de sal, y se me para adelante, tapándome un cachito de mar. Me mira como si me conociera. Yo no lo conozco. Espero que pida la hora, o un cigarrillo, o que diga alguna boludez sobre el agua, sobre lo fría que debe estar, sobre lo loco que hay que estar para meterse ahí en agosto.
—Más frío va a hacer en el cajón —dice.
Y sigue caminando hacia el paredón, dejando charquitos que el viento seca antes de que se noten.
Yo me quedo con el mate en la mano. La señora sigue con sus gorriones. El perro sigue sin entender el viento. La bandera sigue flameando dura, allá arriba, sin bajar nunca la guardia.
Nada cambió. Ese es el chiste, o el problema.
Más frío va a hacer en el cajón.

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