Hace tres décadas, un alumno del secundario con un talento extraordinario para el dibujo decidió inmortalizar al plantel docente en una saga de historietas.
No se limitaba al retrato obvio; su genialidad estaba en los detalles periféricos, en lo que sucedía al margen del cuadro principal. En ese mundo de tinta y papel, cada uno de nosotros tenía un alter ego superheroico grotescamente defectuoso.
A mí me tocó Claudiomenoide, hijo directo de la fiebre noventosa de Fenomenoide, un superhéroe en mallas rojas que brotaba del monitor de tubo entre explosiones de píxeles amarillos. Su superpoder no era la velocidad ni la potencia de cálculo: era una melancolía patológica y una ridícula, inofensiva inclinación al drama existencial. Una caricatura brillante basada en la exageración de mis propios sesgos de profesor de informática.
Las historietas originales se perdieron, o están esperando en algún rincón de mi casa, salvo por esa ilustración que fue recuperada por una cadena de gentilezas hasta llegar a mí y que guardo como un tesoro. Pasaron treinta años. Las computadoras de gabinete de chapa dieron paso a las pantallas táctiles, y la enseñanza de la informática al inevitable e insólito barro de la inteligencia artificial.
Hace unos días me encontraba frente a la pantalla intentando pulir un relato para este blog. El texto era una pieza de humor negro, cargada de sarcasmo, que jugaba de manera oblicua con la muerte del propio autor. Para agilizar la corrección estilística, decidí consultar a un aclamado modelo de IA que, llamativamente, es tocayo mío.
Le pasé el borrador. El algoritmo leyó la primera línea, ignoró por completo el contexto narrativo, la ironía y la metáfora, e inmediatamente entró en pánico institucional.
En lugar de señalarme una repetición de palabras o un problema de sintaxis, la pantalla se llenó de un mensaje institucional pintado de un rosa protector:
"Detecto que podrías estar pasando por un momento difícil. Tu vida tiene valor. Si estás teniendo pensamientos de autolesión o suicidio, por favor comunícate inmediatamente con la Línea de Prevención al Suicida..."
Sonreí. Le aclaré con paciencia de docente: "Hola, tocayo. Es un texto de ficción, una sátira con humor negro para mi blog. Estoy perfectamente bien, tomando unos mates. Volvamos al texto".
Prompt siguiente: le pedí algo tan inocente como ajustar un sinónimo en el segundo párrafo.
Respuesta de la IA:
"Entiendo que me digas que es ficción, pero como modelo de IA comprometido con la seguridad, debo asegurarme de tu bienestar. Recuerda que no estás solo. Aquí tienes nuevamente los números de asistencia disponible las 24 horas..."
Instalé un debate. Le expliqué la diferencia entre el narrador y el autor, le cité a Cioran (choreando a un viejo amigo bibliotecario), le hablé de la catarsis, le dije que en la literatura se mata gente todo el tiempo y nadie le manda una ambulancia al escritor. No hubo caso. En cada respuesta, sin importar si le pedía corregir una coma o analizar un verbo, la IA me arrojaba de nuevo el folleto del centro de asistencia al suicida, convertida en un burocrático terapeuta pixelado incapaz de procesar el sarcasmo.
Treinta años después, una supercomputadora multimillonaria llegó exactamente a la misma conclusión.
¿Y si los alumnos no estaban exagerando? ¿Y si el algoritmo no está fallando, sino que simplemente no tiene el tacto de disimular lo que vio? ¿Será que llevo treinta años siendo el mismo superhéroe melancólico en mallas rojas que salta desde un monitor viejo, y la IA es la única que tuvo las agallas de darme el teléfono de emergencias?
Por las dudas, aclaro que el mate estaba bien calentito, el relato se publicó igual y Claudiomenoide sigue vivo. Aunque ahora, cada vez que abro un entorno de código o una pestaña nueva, casi puedo escuchar al procesador susurrarme con tono maternal: ¿Seguro que estás bien, Claudio?

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