La jubilación tiene un olor particular: a placard abierto de par en par un martes a la mañana, cuando deberías estar llenando libros de temas.
Ponerle fecha de vencimiento a la rutina te obliga a ordenar la arqueología personal. Entre tableros de ajedrez con piezas faltantes, tres mates de calabaza con la virola floja, placas de video viejas y partes de computadoras que jamás se van a ensamblar, apareció una carpeta de cartón prensado. Adentro, mezcladas con fotos en papel mate de alumnos de promociones que ya rozan los cuarenta años, encontré una hoja de libreta arrugada, escrita con mi propia letra de ansiedad adolescente.
Era el pliego de condiciones de un viejo personaje que inventé en los ochenta:
" Sobre cómo sería mi mujer ideal :
No tengo definido un tipo físico determinado, salvo que sea linda, un cuerpo agradable (no gorda y no demasiado flaca), estatura media (1,65 m), moderna, que cuando tenga ganas se sepa vestir bien. Que sea informal, inteligente, muy dulce, con inquietudes atractivas, romántica y sobre todo que sea gamba. Que sea un poco delirante sin llegar a ser zafada, simpática y con carácter fuerte pero no podrido. Que sea comprensiva conmigo y que comparta y sienta mis momentos como si fueran suyos. Que tenga cierta educación y una buena posición económica, pero que no se le note en su forma de ser.
Si la encuentran, llamen al 499-1369 y pregunten por Remo."
Lo leí dos veces. Sentí una mezcla rara entre vergüenza ajena y miedo a ser destrozado. Con el trámite jubilatorio a un paso de salir y los códigos culturales cambiados de arriba a abajo, ese texto guardado en el bolsillo de mi campera de jean con corderito de los 90's admirada por mis alumnos, parecía una granada sin chaveta. Centímetros, kilos, estatus social, vestuario... el combo perfecto para una cancelación segura.
Sin embargo, un par de horas después, me encontré en la biblioteca con el grupo del cual era tutor.
Ese espacio era mi territorio. Una docena de computadoras dispuestas en U sobre los escritorios largos de la pared y, en el centro, la mesa rectangular de fórmica pintada de azul.
Yo me ubiqué en mi lugar de siempre: sentado de cara a la mesa, dándole la espalda a los anaqueles cargados de libros. Acomodé sobre la superficie algunas notebooks, mi viejo termo de acero inoxidable —abollado por mil batallas y decorado con la calcomanía del colegio y la de Huracán— y el mate recién preparado, con la bombilla lista para convidar a cualquier alumno o docente amigo que cruzara la puerta.
Algunos pibes se sentaron alrededor de la mesa azul; otros, que estaban frente a los monitores, simplemente giraron las sillas sin temor al ruido y le dieron la espalda a las pantallas para mirarme a mí. Otros pocos, estaban hipnotizados por algún juego en sus celus, esperando un reto de mi parte que no iba a suceder porque, a esas alturas, yo hace rato que estaba convencido de que no tenía el menor sentido desviar el deseo de alguien, más bien pensaba que, en todo caso, era su problema y su elección.
—Les voy a leer algo —dije, agarrando el papel—. Es un texto que escribí cuando tenía más o menos la edad de ustedes. Si me van a linchar, hagan fila ordenada.
Leí el papel despacio. Cuando llegué al número de teléfono de siete dígitos y pronuncié el nombre de "Remo", levanté la vista por encima del mate, esperando el murmullo, la risita socarrona o el juicio tajante de época.
Hubo silencio. Un silencio de esos que en la escuela no pesan por tensión, sino porque algo hizo impacto entre los libros y los monitores.
Sofía, que solía encabezar los debates y no dejaba pasar una, cruzó los brazos, me miró desde el otro extremo de la mesa azul y soltó:
—Profe... "Remo" era un cagón. Se armó un contrato de diez cláusulas para no admitir que se moría de miedo de que lo rechazaran.
La granada finalmente cayó directo en mi corazón. Ella tenía toda la razón y me la había clavado al ángulo.
En uno de los escritorios de la U, uno giró su silla del todo y soltó una sonrisa.
—Es tal cual —dijo Mateo—. Hoy te bajás una aplicación, ponés tres filtros de mierda, ponés la altura en la biografía y te hacés el exigente para no decir que estás más solo que un perro. El tipo escribió en papel lo mismo que nosotros hacemos hoy con un algoritmo.
Sentí que me desnudaban dos veces en el mismo minuto: primero Remo, después yo, sentado ahí con el mate en la mano, cuarenta años más viejo y sin ninguna lista nueva escrita.
Lo que yo esperaba que fuera un paredón de fusilamiento se transformó, en tres minutos, en un intercambio de una honestidad brutal. Los pibes desarmaron a Remo no para condenarlo, sino para mirarse en su espejo.
—Yo no estoy tan seguro —cortó Tomás, que hasta ese momento había estado con la vista en el celular—. Ustedes lo bajan a Remo como si pedir algo fuera un delito. ¿Cuál es el problema de tener una lista? Yo prefiero eso a lo que hacen ustedes, que le dan al dedito para arriba en el celu quince minutos y después se quejan de que no sienten nada.
Se armó un silencio distinto al primero: éste sí tenía peso de discusión, no de asombro.
—No es la lista el problema, boludo — retrucó Sofía—, es que la escribió para no tener que decir en voz alta "tengo miedo". Vos hacés lo mismo cuando decís que preferís elegir así, como si fuera una virtud y no una excusa.
Nadie contestó eso enseguida. Tomás se quedó mirando la mesa azul, y por un segundo pensé en decir algo, en defenderlo, en defenderme, pero me quedé callado. No era mi lugar meterme; era su debate, no el mío, aunque el papel arrugado en mi cuaderno decía lo contrario.
—Al final, profe —me dijo Valentina desde un costado, mientras se acomodaba el pelo—, Remo pedía un montón de estupideces de época, pero en el fondo lo único que quería era alguien con quien hacer equipo. Lo que queremos todos, aunque cambien las herramientas.
Se hicieron las doce menos diez en medio de ese ida y vuelta. No había timbre ni campana que marcara el límite horario. Pasó una preceptora, me miró desde la puerta, le hice un gesto con el mate y me sonrió. Nadie se levantó de golpe. Hubo ese instante suspendido en el que la biblioteca fue refugio.
Guardé la hoja arrugada de Remo en el cuaderno. Pensé en el placard abierto, en las fotos viejas, en los repuestos de computadora y en la jubilación que ya asomaba a la vuelta de la esquina.
Y me rajé tranquilo. Una cervecita con maníes y un par de colegas indecentes me esperaban en el Cervelar de la vuelta.
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Del equipo de la biblioteca al equipo de la cancha hay un solo paso. Seguí con ["La pelota siempre al diez"], un cuentito sobre los pases que nunca fallan.

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