Hace años que duermo con un celu viejo prendido. Primero fue una radio chiquita, el instrumento fue variando, pero necesito una voz.
Cualquiera, un pódcast, alguien que dialogue con un locutor, no importa el contenido, importa que hable alguien mientras me quedo dormido.
Tengo ya unos cuántos años y sigo necesitando el ruido de otro para cerrar los ojos.
Mi papá tampoco dormía en silencio. A las seis menos cuarto se levantaba, se bañaba, y salía del baño con el toallón puesto a la cintura, jamás se le caía, medias y zapatos ya puestos, afeitado, el agua de colonia invadiendo mi habitación antes que él se asomara para ver nuestras caras, la mía siempre haciéndome el dormido.
Iba a la cocina, cebaba el primer mate con el agua todavía tibia, lo escupía religiosamente dentro de la bacha y se lo llevaba a mi mamá, que lo esperaba ya despierta, sentada. Ella se ponía una almohada entre la espalda y la cabecera de la cama.
Después, cuando él se iba, volvía a dormirse enseguida. Mi papá se sentaba al borde de la cama, apoyaba la pava en el piso, y esperaba a que ella tomara los dos o tres mates de siempre, sin apuro, uno vos, uno yo, como si esos minutos no contaran para llegar tarde al trabajo. Previamente, sí o sí, él se lustraba los zapatos: pomada, trapo de gamuza, cepillo y franela. Zapatos perfectos, siempre. Imposible de emular.
A la noche, el orden se invertía. Mi papá llevaba a la pieza una manzana, un plato, su cuchillo. A mí me parecía inservible y sin filo, y sin embargo con él pelaba la fruta entera en una sola vuelta, la cáscara cayendo en espiral, contínua, armónica. Debajo de su axila, una hoja doble de La Razón, tamaño sábana, que a esa hora ya traía los resultados del fútbol porque salía antes de las ocho y media de la noche. Comían un pedacito cada uno. Mi papá tomaba cada porción entre su dedo índice y la hoja del cuchillo y otra vez: una para él y una para ella. Después hacía un bollo con el papel de diario con los restos y lo tiraba por el incinerador. Se ponía el short de baño amarillo, viejo, el único pijama que le conocí, y se acostaba de costado, mirando al placard, con la radio puesta en el programa de tango, mientras mi mamá seguía con la luz del velador prendida, mirando un rato más las novelas de Migré. Mi hermano y yo acompañábamos ese final del día cada uno a su modo: uno con la cabeza sobre el regazo de mi mamá, el otro tirado en la alfombra, del lado de ella, todos mirando la misma tele en blanco y negro.
Eso fue así durante años. Todas las noches, todas las mañanas, hasta que la casa empezó a quedar más vacía, más silenciosa. No voy a contar por qué. Cuento, sí, que mi papá no dejó de hacer nada: siguió cebando el mate a las seis menos cuarto, siguió pelando la manzana en una sola vuelta, siguió durmiendo de costado mirando al placard, con la radio de tango bajita, como si el ritual pudiera sostener algo que ya no dependía de él. Durmió a su lado hasta que no se pudo más, hasta que la cama de dos, quedó para que duerma un solo cuerpo.
Después de eso, cuando yo me fui, no sé si mi papá siguió pelando manzanas. Tal vez ya no le encontró el sentido. Nunca se lo pregunté.
Sé que con los años me fui quedando solo con mis propios rituales, y que yo, durante mucho tiempo, busqué aquel perfume: entraba a las perfumerías, probaba uno y otro, pero no encontraba nada. Hasta que mi mujer, un día del padre, lo encontró, lo eligió, y me lo regaló.
Recién ahora, escribiendo esto, entiendo qué era lo que buscaba. No era un perfume. Era el agua de colonia que me llegaba hasta la habitación a las seis menos cuarto, antes de los mates. O tal vez era el perfume Mitsuko que usaba siempre mi mamá y que nunca más olí, ese que quedaba flotando en el aire de la pieza después de que ella se dormía de nuevo, mezclado con el aliento a mate y con el ruido de la radio, como si el aroma de los dos pudiera devolverme, por un instante, la casa entera de mi infancia.

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