Salgo una vez por semana con el changuito. No es que haga las compras de toda la semana —eso sería demasiado orden para un tipo como yo—, pero tengo la costumbre de caminar hasta la verdulería de Nazca, comprar lo que se me antoja y volver. Media mañana. El sol ya está alto pero igual hace frío.
Es esa hora de pausa, para los vagos con libertad, porque los que trabajan y los que estudian ya están adentro y los que no trabajan ni estudian todavía enfrentan sus complejos.
Y ahí estoy yo. Con el changuito. Como un viejo de 61 que soy. O como un tipo que aprendió que el changuito es la excusa perfecta para salir sin tener que inventar un destino.
La primera vez fue un día espantoso. Un frío de esos que te entran por los huesos aunque estés con campera. Una llovizna finita, de las que no mojan pero molestan. Yo caminaba con la cabeza gacha, tratando de no pisar ninguna baldosa floja, haciendo el cálculo mental de cuánto tardaría en llegar, comprar y volver antes de que se me congelaran los dedos, fantaseando con el mate posterior al sacrificio.
Y entonces apareció él.
Un señor, presumiblemente bastante mayor que yo. No sé cómo describirlo. No lo miré bien. No soy de los que miran bien a la gente. Miro siluetas, no tanto las caras. Pero a él lo vi, aunque sea de costado. Estaba parado en la esquina, como si esperara un colectivo o la muerte, como si lo hubieran puesto ahí para decirme algo.
Y dijo: "Siempre que llovió, paró."
No me detuve. Fue pura timidez. Lo que hubiera sido mi vida sin timidez. Pero mientras seguía caminando, giré la cabeza, le sonreí y dije: "¡Buena frase!"
Y él no dijo nada más. Y yo tampoco. Y seguí caminando.
Mientras avanzaba al compás del roce del changuito con las veredas rotas, me entró una calidez que no tenía nada que ver con el día. Como si esas palabras me hubieran entrado por las orejas y se hubieran instalado en algún lugar mío que no sabía que existía. "Siempre que llovió, paró". La frase más obvia del mundo. La frase que cualquier abuelo le dice a cualquier nieto en cualquier día de lluvia.
Entiendo que él no sabía que yo necesitaba escuchar eso. Ni siquiera sabía si yo necesitaba algo. No me conocía. No sabía que yo soy de los que se agarran de cualquier frase para seguir caminando. Pero pasó.
Otro día. Yo seguí saliendo el miércoles, con el changuito, por Nazca. No pensaba en él, porque si pensara en él ya no sería una casualidad, sería una búsqueda, y yo no busco a nadie cuando camino hacia la verdulería. Quizás pienso en el precio de los tomates Cherry.
Pero la segunda vez fue diferente.
Llevábamos muchos días de un gris espantoso, de esos días en que no llueve pero tampoco sale el sol, de esos días en que te levantás y no sabés si son las siete o las once porque la luz es la misma. Necesitás creatividad para moverte. El barrio se había vuelto una fotografía en blanco y negro. Hasta la gente caminaba con menos ganas.
Y ese día, de repente, salió el sol.
Un sol de esos que te hace buscar la vereda más iluminada, para calentar el cuerpo. Y yo, caminando con el changuito, sintiendo ese calor en la nuca, pensé: "la acelga debe estar barata".
Y entonces pasó. Otra vez. El mismo señor. Caminando en sentido contrario al mío. Como si hubiera estado buscándome él a mí. Me superé mirando detalles. Le vi una gorra gris y una campera, de esas abrigadas, azul oscuro. Verdadero esfuerzo de observación.
Y dijo mirándome: "¡Al fin salió el sol!"
Y yo largué una risotada. Una de esas risas que no se pueden controlar (¿para qué?).
Le dije: "¡Sí, por fin!"
Y él sonrió. Y yo sonreí. Y cada uno siguió su camino.
Y me cambió. Una pelotudez.
No le encuentro explicación, pero no me molesta. Esto es anterior a la razón. Él no quiere nada de mí, no me manguea, no pide que compre su libro, no me pide que lo siga, no me pide que le dé un corazón en Instagram. Esto no fue nada. Bah, no sé lo que fue.
Quiero salir con el changuito por Nazca el miércoles que viene.
Y ahí estoy yo. Con el changuito. Como un viejo de 61 que soy. O como un tipo que aprendió que el changuito es la excusa perfecta para salir sin tener que inventar un destino.
La primera vez fue un día espantoso. Un frío de esos que te entran por los huesos aunque estés con campera. Una llovizna finita, de las que no mojan pero molestan. Yo caminaba con la cabeza gacha, tratando de no pisar ninguna baldosa floja, haciendo el cálculo mental de cuánto tardaría en llegar, comprar y volver antes de que se me congelaran los dedos, fantaseando con el mate posterior al sacrificio.
Y entonces apareció él.
Un señor, presumiblemente bastante mayor que yo. No sé cómo describirlo. No lo miré bien. No soy de los que miran bien a la gente. Miro siluetas, no tanto las caras. Pero a él lo vi, aunque sea de costado. Estaba parado en la esquina, como si esperara un colectivo o la muerte, como si lo hubieran puesto ahí para decirme algo.
Y dijo: "Siempre que llovió, paró."
No me detuve. Fue pura timidez. Lo que hubiera sido mi vida sin timidez. Pero mientras seguía caminando, giré la cabeza, le sonreí y dije: "¡Buena frase!"
Y él no dijo nada más. Y yo tampoco. Y seguí caminando.
Mientras avanzaba al compás del roce del changuito con las veredas rotas, me entró una calidez que no tenía nada que ver con el día. Como si esas palabras me hubieran entrado por las orejas y se hubieran instalado en algún lugar mío que no sabía que existía. "Siempre que llovió, paró". La frase más obvia del mundo. La frase que cualquier abuelo le dice a cualquier nieto en cualquier día de lluvia.
Entiendo que él no sabía que yo necesitaba escuchar eso. Ni siquiera sabía si yo necesitaba algo. No me conocía. No sabía que yo soy de los que se agarran de cualquier frase para seguir caminando. Pero pasó.
Otro día. Yo seguí saliendo el miércoles, con el changuito, por Nazca. No pensaba en él, porque si pensara en él ya no sería una casualidad, sería una búsqueda, y yo no busco a nadie cuando camino hacia la verdulería. Quizás pienso en el precio de los tomates Cherry.
Pero la segunda vez fue diferente.
Llevábamos muchos días de un gris espantoso, de esos días en que no llueve pero tampoco sale el sol, de esos días en que te levantás y no sabés si son las siete o las once porque la luz es la misma. Necesitás creatividad para moverte. El barrio se había vuelto una fotografía en blanco y negro. Hasta la gente caminaba con menos ganas.
Y ese día, de repente, salió el sol.
Un sol de esos que te hace buscar la vereda más iluminada, para calentar el cuerpo. Y yo, caminando con el changuito, sintiendo ese calor en la nuca, pensé: "la acelga debe estar barata".
Y entonces pasó. Otra vez. El mismo señor. Caminando en sentido contrario al mío. Como si hubiera estado buscándome él a mí. Me superé mirando detalles. Le vi una gorra gris y una campera, de esas abrigadas, azul oscuro. Verdadero esfuerzo de observación.
Y dijo mirándome: "¡Al fin salió el sol!"
Y yo largué una risotada. Una de esas risas que no se pueden controlar (¿para qué?).
Le dije: "¡Sí, por fin!"
Y él sonrió. Y yo sonreí. Y cada uno siguió su camino.
Y me cambió. Una pelotudez.
No le encuentro explicación, pero no me molesta. Esto es anterior a la razón. Él no quiere nada de mí, no me manguea, no pide que compre su libro, no me pide que lo siga, no me pide que le dé un corazón en Instagram. Esto no fue nada. Bah, no sé lo que fue.
Quiero salir con el changuito por Nazca el miércoles que viene.
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